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Doctor Díaz Izquierdo (Urgencias H. Severo Ochoa): “Lo del mensajito positivo, el diario de la cuarentena, el ‘Resistiré’.. era poco acorde con lo que nosotros hemos vivido”

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Este 2020 se cumplen 12 años desde su llegada al servicio de Urgencias del Hospital Severo Ochoa de Leganés. Durante estas semanas ha vivido los momentos más duros de todo este tiempo al servicio de los leganenses.

Una entrevista de @juanma_alamo

“La peor experiencia con mucha diferencia. He visto de todo durante estos años, pero con muchísima diferencia, es ésta la peor experiencia. Por el esfuerzo personal, por el número de pacientes, por el impacto que ha tenido en todos, y en mi caso por el impacto emocional, por como estaba de sobrepasada la urgencia con muchísima diferencia. Por la impotencia que sentías a la hora de tratar a los pacientes. Al principio, no sabíamos nada y los tratabas casi como podías. Adoptando medidas generales, hasta que ya empezaron a hacerse algunos estudios para tratar con algunos fármacos que, en principio, podrían tener un cierto efecto beneficioso sobre este tipo de pacientes”.

– ¿Cómo fue la evolución desde el final de febrero hasta que llegó el colapso a la urgencia en los últimos días de marzo?

Lo primero fue reunirnos a los médicos para decirnos que se nos suspendían todo tipo de actividades, congresos, cursos… Días libres, de libre disposición, vacaciones. Empezamos a pensar que algo estaba sucediendo. A partir de ahí pensamos ‘algo saben las autoridades que nosotros no’. A partir de ahí, nuestro jefe, el Doctor Alfonso Martín empezó a reorganizar la Urgencia. Turnos, número de médicos y, como existía la necesidad, ir aumentando espacios para la urgencia. Y se hizo, pero como vinieron tantos de golpe llegó un momento en el que poníamos a los pacientes donde podíamos.

– ¿Los datos que conocíamos del Hospital eran la manifestación del pico del iceberg de lo que ocurría en la ciudad?

Sí. Las Estadísticas siempre te lo dicen. Hay como un 80% de personas que no van a los Hospitales, que tienen unos síntomas leves o asintomáticos. Los que van a los hospitales son los que tenían un estado grave, el 20%. De esos, el 5% son los que estaban de verdad críticos, que terminaban, o teóricamente deberían haber terminado, en las UVIS, aunque había veces que no había sitio. Imaginemos un 20% de esa población, un 80% que no fue al Hospital, pues eso da la dimensión del problema.

“La realidad ha sido muy dura, llegamos a tener a un fallecido en el cuarto de emergencia porque no cabía en el mortuorio”

El ‘doloroso filtro’

– ¿Habéis pasado malos ratos cuando habéis tenido que hacer ‘selección’?

Sí, sí. Sobre todo problemas éticos. La edad nunca puede ser un criterio de selección. Bueno si tienes 99 años y al lado hay uno de 52 está muy claro porque lo que miras siempre es la probabilidad de supervivencia. A veces es muy difícil pero miras la posibilidad de supervivencia yendo a la UVI y post extubación. Parece claro que una persona de 99 años las posibilidades de supervivencia son muy escasas. Pero cuando llegó ese gran número de pacientes, entre 50 y tantos, 60 y tantos, 70 años con un buen estado general, a ver como los seleccionabas. Cuando llamabas a la UVI y no podían subirles, ellos mismos ponían una coletilla que decía “no se le traslada al servicio de UVI por falta de disponibilidad de camas”. Esa expresión la usaban ellos.

Hablabas con el personal de la UVI, les veías por allí, gente bregada en mil batallas, con la cabeza gacha, diciendo “no le podemos subir”, moviendo los brazos diciendo “éste se va a morir”. Eran situaciones muy complicadas. Además hubo un momento en tampoco les podías trasladar a otro sitio porque no había espacio en otras UVIS.

“Recuerdo la mirada llena de tristeza de una doctora en el momento en el que se le estaba ‘yendo’ un paciente”

– ¿Cuándo cambio la situación?

Nosotros estábamos tan absolutamente colapsados y sobrepasados que el tiempo que pasaba nos parecía excesivamente largo. Cuando empezaron a derivarse pacientes, al principio no estaba abierto IFEMA, a distintos hospitales, bastantes seleccionados. La selección de los pacientes era que tuviesen un aceptable estado general, saturando en pulsioxímetro a mas de 95% y les dábamos medicación nosotros porque allí, en IFEMA, aún no tenían. Todo nos parecía como dilatado en el tiempo hasta que empezó a hacerse con mayor regularidad y todos los días empezamos a enviar pacientes. Eso alivió el estado de la urgencia. La UVI nuestra llegó a tener 32 camas. Se habilitaron espacios. Era casi triplicar lo que había.

Las altas

– ¿Qué sentían cuando le daban el alta a alguien?

Inimaginable. A veces daban ganas de aplaudir. Era un alivio enorme. Salvo en casos muy claros quedaba una pequeña duda y pensabas “creo que he hecho las cosas bien, desde luego ajustado a protocolo y a lo que sabemos”. Era un alivio enorme por verles irse, dándote mil gracias, no te querían abrazar porque no se podía. Cuando hablabas con los familiares para decirles que viniesen a recogerlos venían muy aliviados. Para nosotros era una alegría, por supuesto con la persona, y de orden práctico pensabas “una persona menos que hay aquí y una cama mas que hay para otra persona”.

“Cuando le damos el alta a algún paciente daban ganas hasta de aplaudir; era un alivio enorme verles irse”

– ¿Y cuándo fallecía alguien?

Es una situación tristísima porque falleces tres veces. El momento en el que falleces, cuando firmas el certificado (y pensabas, madre mía otro más).. Y luego había que avisar a los familiares. Los familiares tenían una actitud, cuanto menos, curiosa. Una especie de resignación. “Bueno, ha muerto. El puñetero coronavirus”. Otras veces cuando fallece alguien hay diferentes reacciones de impotencia, tristeza, rabia.. Aquí no. Aquí, es esa especie de resignación y claro se te quebraba la voz. No solo no te deban las gracias, encima te llamaban héroe. Te decían, “¿No le puedo ver?”.

El dolor en la mirada

Y era tristísimo porque algunos fallecían en cuestión de pocas horas. Hay compañeros que nos hemos visto a nosotros, casi no podíamos ni mirarnos. Recuerdo una doctora, que estaba con los brazos en jarras y la cabeza gacha mirando a un paciente que se le estaba muriendo, al pasar le hice un gesto preguntándole ‘cómo estaba’ y me devolvió una mirada indefinible como diciendo “se me está yendo” y con una tristeza en sus ojos que no se la he visto nunca.

– ¿Tiene la sensación, viviendo lo que ha vivido, que la sociedad estaba en otra cosa edulcorada mientras ustedes estaban ‘peleando’ de forma tan salvaje?

Creo que sí. Soy muy rotundo cuando lo he hablado con otras personas o entre nosotras. A mí esta especie de mensajito positivo, que si el diario de la cuarentena, que si voy a aplaudir, que si voy a poner una canción. Era como todo lo que tenemos que transmitir y siempre había que transmitir un mensaje positivo. Y yo decía: ‘Ya, pero siguen muriendo. Sus familias están desoladas. No les pueden ver, seguían falleciendo, no se sacaban nunca imágenes de cadáveres y ataúdes. La gente estaba como a otra cosa, será supervivencia, las ganas de vivir, será el mandar mensajes positivos para evitar la desmotivación pero llamaba mucho la atención que se transmitía una imagen poco acorde con lo que nosotros estábamos viviendo.

Sociedad ‘anestesiada’

– ¿Puede derivarse de esa sacarina mediática actitudes no demasiado responsables en los inicios de la llamada desescalada?

Me parece que la cosa va por ahí. Si los mensajes que recibes por parte de las autoridades y de los responsables es venga vamos a bailar, a cantar el ‘Resistiré’, a poner musiquita y todos los mensajes son así, la imagen que recibes de las cuestiones médicas y científicas, como ciudadano ignorante, es que “muy probablemente no sea para tanto” porque sino estaríamos viviendo una gran tragedia.

El número de muertos diarios que ha habido en las últimas semanas puede ser equiparable al descarrilamiento de un tren y de eso se habla días. Ahora mismo doscientos y pico muertos es… “¡Qué bien, mucho mejor!”. Entre nosotros llegamos a comentar con 300 muertos ¿Alguien se imagina lo que es eso puesto uno al lado del otro en un campo de fútbol, ellos en el césped y sus familiares en la grada. Serían miles de personas’? Pero, como no se han sacado ataúdes, lloros… Es que la realidad ha sido muy dura. Es que llegamos a tener a un señor fallecido en el cuarto de emergencia porque no cabían en el mortuorio. Estuvo allí hasta que se hizo un hueco en el mortuorio. No podía hacerse cargo ni el mortuorio ni las empresas funerarias daban a basto.

“¿Alguien se imagina a 300 muertos en un campo de fútbol con sus familiares? No han sacado ni ataúdes, ni llantos”

– ¿Tenéis algún síntoma que haga presagiar algo para estar tranquilos, para estar pendientes de un rebrote o la palabra es expectación?

La palabra es expectación. Pero nosotros sí que detectamos todos los días que ya no hay tanto número de casos nuevos. Lo que está viniendo son casos antiguos que han podido empeorar, o con patologías nuevas. Estamos expectantes, porque en cuanto empiece la Fase 1 y se pueda empezar a socializar, ya veremos.

– ¿Y cuál es el mensaje que se le puede lanzar a la sociedad?

Las medidas que de verdad han servido son las de confinamiento, las de distanciamiento social y tener tú cuidado y que tenga cuidado el resto. Algo así como yo te protejo a ti y tu me proteges a mí. El mensaje es no relajarse todavía, porque a pesar de lo que pueda parecer todavía estamos con el primer brote. No ha acabado ni de lejos. Seguimos teniendo casos y fallecidos.

– ¿Qué tiene que aprender la Sanidad madrileña y el hospital Severo Ochoa de lo que vivimos?

Cada vez que hay una epidemia de gripe se llena todo; cuando ha llegado una pandemia como esta hace que la Sanidad muestre las costuras. Hay que mantener una inversión adecuada en recursos materiales y humanos. Y la posibilidad dentro del hospital de habilitar una serie de espacios cuando llega, no te digo una pandemia, pero si con una epidemia de gripe que están los pacientes en los pasillos.

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